ENTREVISTAS

José Luis Violeta: “Con el Real Zaragoza he vivido un auténtico cuento de hadas”

Antón Castro.

José Luis Violeta Lajusticia (Zaragoza, 1941), el que fuera capitán del Real Zaragoza en los años 70 tras integrar la plantilla de Los Magníficos, cuenta una de las primeras aventuras de su infancia en el barrio de Torrero: aprendió a nadar en el Canal Imperial de Aragón, con barro y maleza en el fondo, “pero no tenía miedo ni sensación de peligro”. Un día, relata, mientras nadaba con sus amigos, un hombre se arrojó a la corriente; pasaron cinco, diez minutos, y alguien reparó que no había salido. Se zambulleron hacia el fondo y se había golpeado con una piedra del fondo en la cabeza: estaba muerto. Del Canal Imperial conserva otro recuerdo: en el otoño o en invierno de 1957, el año en que se inauguró La Romareda, el cauce se congeló por completo y lo cruzaron varias veces como una auténtica novedad.

De esos días, José Luis, que ya tenía dotes de mando en los recreos, sobre todo en aquellos partidos con porterías hechas con dos piedras, recuerda que los Reyes siempre le dejaban una pelota de goma, que se rompía de inmediato. También recuerda cuando, tras salir del colegio de San Antonio a las once, iban al campo de Torrero y veían entrenar al equipo: algunos chiquillos saludaban al entrenador Berkessy y admiraban hondamente a José Luis García Traid, “que era un prodigio de técnica y clase. Nos maravillaba”. Su padre y su tío jugaban en el Arenas y muchas veces lo llevaban a los partidos. Aquella infancia de descampados, monte bajo y periferia tenía otros alicientes: los tranvías, sin duda, el citado campo con piscina, que cuidaba Benjamín Simón, abuelo del pintor Paco Simón, y la posibilidad de ver a Kubala o Di Stéfano, que quizá fueran los primeros semidioses humanos que conoció.

Su padre trabajaba en una relojería en la calle Alfonso y tenía tanto trabajo que de vez en cuando cedía clientes a otro relojero amigo, hijo del pintor Joaquín Pallarés. A los catorce años, se precipitó su destino: entró a trabajar en ciclos García, en la calle Don Jaime, y cambió el balón por la bicicleta. Durante casi tres años, salía con amigos a diversos pueblos de Zaragoza, e incluso participó en una carrera de juveniles. Cogió una bronconeumonía y estuvo en la cama un mes entero.

Aquello le cambió la vida.

Por completo. Cogí mucho miedo. Era fuerte, atlético, tenía gran resistencia, pero me achiqué y dejé la bici para siempre. Un día le dije a un amigo, Madurga, que abandonaba el deporte.

No fue así. ¿Por qué?

Él me dijo que estaba en un equipo, el River, que jugaba en los campos de la Federación. Me apunté. Imagínese: ir hasta allí era toda una aventura. Íbamos en tranvía desde Torrero a la plaza de España y desde allí andando hasta la entrada de Juslibol. ¡Menudo calentamiento! Recuperé pronto la forma, y ese primer año, un ojeador del Zaragoza, Cubero, contactó conmigo y me ofreció jugar en el segundo equipo, que era el Juventud.

¿Recuerda cómo vivían los adolescentes y los jóvenes como usted la ciudad? ¿Eran de cines, de teatros…?

No, no. Había mucho billares en la ciudad, sobre todo por el centro, y era nuestro divertimento. Nunca jugué del todo bien, pero me divertía mucho. Recuerdo ahora que, algunos años antes, con el colegio salíamos a cantar por las calles en Semana Santa. Canto gregoriano. También íbamos mucho a la sede del River con los amigos y el presidente, que tenía un bar.

¿Qué pasó en el Juventud?

Me fue bien. Estuve una temporada y media. En el fútbol me transformaba. Fuera del campo he sido siempre tímido, introvertido, me ha gustado cultivar la soledad, ir un poco a mi aire con mis cosas, sin llamar la atención, he sido prudente y un poco agonías, me preocupo mucho por todo, pero en el campo me transformaba.

¿Y eso?

Ahí no tenía complejos. Era como si me liberase. Creo que siempre he sido un futbolista trabajador, con personalidad, de carácter. Ahí dentro nada me daba miedo.

Decía que había estado año y medio en el Juventud.

Sí… A la mitad de la segunda temporada, me llamó César Rodríguez, el que había sido delantero del Barcelona, un gran rematador de cabeza, para entrenar con la primera plantilla. Se estaban gestando los Magníficos. Me acogieron muy bien. Era el benjamín. Mirabas a tu lado y veías futbolistas maravillosos: Reija, Marcelino, Enrique Yarza, Canario, Villa y por supuesto Carlos Lapetra.

Creo que fue decisivo en su carrera.

Sí. Era un hombre extraordinario. Cercano y cariñoso. Se convirtió en mi protector. Me animaba siempre. Y me daba consejos y me apoyaba. Él no me lo decía así, pero yo tenía la sensación de que esa era su actitud. Me mimaba. Recuerdo algunas cosas que me dijo porque yo, que era muy introvertido, tenía la sensación de que podía molestar a los grandes. Me miró a los ojos y me dijo: “José Luis, ¿me vas a hacer caso, verdad?”. Le respondía: “Lo que tú quieras”. Y le hacía caso. Me decía que tenía que ser decidido, que tenía que jugar sin complejos. Me dijo que un jugador que arrebata el balón a un contrario con patadas era un mal futbolista. Yo no le he pegado una patada a nadie: no le necesitaba, si tenía facultades… y, además, era muy intuitivo. Carlos aún me diría algo más…

No se corte…

Que si le hacía caso sería internacional. Eso creo que fue algo después, tras mi paso por Puertollano. Estuve una temporada en el Calvo Sotelo, y jugué un amistoso contra el Real Madrid.

¿Es cierto que le tocó marcar a Alfredo Di Stéfano?

No. No. Yo creo que no. Marqué a Félix Ruiz, pero estuve entre los destacados. La verdad es que marchar a Puertollano no me gustó nada. Se lo dije al presidente Waldo Marco; intenté hacerle ver que iba a aprender más entrenando con los grandes jugadores que tenía el Zaragoza y no en Tercera División. Marco, harto de mis explicaciones, me dijo: “O te vas a Puertollano o te vuelves a arreglar pinchazos”.

Sigamos. Lapetra le vaticinó que sería internacional. ¿Usted le creyó?

Yo estaba temblando. Y se lo fui a contar a mis padres, a mi novia, Adela, y a su padre, que era presidente del Torrero. Adela era del barrio y fue a verme una vez con una pareja de amigos al campo del Juventud. Nos veíamos, claro, porque sus padres tenían una tienda, pero éramos tímidos los dos y no hablábamos. Tardamos un año en hacerlo y en empezar a salir…

El escritor y bibliófilo José Luis Melero, que fue su vecino y que lo sacó a hombros en La Romareda, cuenta que decían que Adela era la mujer más guapa del barrio.

¡Hombre, la más guapa del barrio no sería, pero para mí lo era! ¿Que de qué hablábamos? De tontadas. Éramos tímidos los dos, de poca conversación, salíamos de paseo, sin cogernos la mano ni nada, y llevamos juntos 60 años.

En la temporada 1963-1964 Antonio Ramallets, que había sido portero internacional y una estrella en el Barcelona, lo incorporó al primer equipo.

Sí, claro. Era el entrenador que me dio la oportunidad. César le había hablado de mí. Y no tardaría en hacerme con un puesto. Aquel era un equipo que destacaba por el talento. Había muy buenos jugadores para todos los puestos. Y había una cosa muy clara: era un bloque, un equipo que lo tenía todo. Entrega, trabajo, concentración, calidad y fantasía. Carlos Lapetra, a quien yo admiraba mucho, era el director de juego. Algunos años después, un entrenador, creo que era Roque Olsen, le dijo que tenía que tapar la subida del lateral. Y Lapetra le dijo: “Míster, eso es el mundo al revés. Tiene que perseguirme él a mí”.

¿Quién ha sido su mejor entrenador?

No sabría responderle. Los he respetado a todos. Un entrenador tiene un cometido: hacer el mejor equipo, coordinar a sus jugadores, mentalizarlos, tiene que poner a los mejores y lograr que los once jugadores que salgan al campo estén contentos. No se puede hacer un equipo con futbolistas descontentos.

¿Cómo se vivían en la ciudad los triunfos del equipo?

Eran una fiesta, un estímulo para la gente, para los padres que tenían problemas escolares con los hijos o en el trabajo. El Zaragoza les ayudaba a superar el mal trago. Y la dureza del momento que vivíamos. Además, fue todo tan deprisa, tan repentino, que nadie estaba preparado para ello y la felicidad llegó de repente. Éramos un equipo humilde que, de la noche a la noche, se convirtió en la admiración de toda Europa en dos temporadas. Nunca había pasado algo así. Mire, cuando me incorporaron al equipo me llevaron a la gira por Alemania, Holanda, Bélgica y Marruecos, donde participamos en el trofeo Mohamed V, donde Hassan II vino a saludarnos a todos al campo y nos dio la mano. No me lo creía. Yo viví aquello como un cuento de hadas. El Zaragoza ha sido mi auténtico cuento de hadas. Y diría que a Zaragoza y a los zaragozanos les pasaba lo mismo con el equipo. Ganamos tres títulos, jugamos finales. La pena es que el equipo acabó pronto.

Y usted fue internacional.

Sí. Catorce veces. Siempre lo he pasado muy bien y sigo teniendo grandes amigos de entonces: Gárate, Iríbar, Paco Gallego, que era muy simpático. La selección me trató de una manera exquisita. Viví un famoso malentendido en un partido amistoso con el portero Miguel Reina, pero nunca pensé que dejasen de llamarme por aquel incidente. Kubala era un hombre cariñoso, muy atento con los futbolistas, y siempre nos mandaba felicitaciones. Mis recuerdos con la selección son buenos.

Después de Los Magníficos llegaron Los Zaraguayos a mediados de los 70.

Era un equipo muy completo en todas las líneas. Fuimos segundos, goleamos al Madrid. Había jugadores increíbles: pienso en Javier Planas, que tenía una gran técnica y una gran intuición, en Arrúa, que era increíble, o Carlos Diarte, que era muy importante: era el goleador y en el fútbol el gol es lo máximo. Me he llevado bien con todo el mundo, pero siempre he tenido, y tengo, una amistad particular con Javier Planas, Ángel Royo y Manolo Fontenla, que se fue del Real Zaragoza al Granada. También fue un equipo breve y tuvo la mala suerte de no ganar nada. Disputó una final de Copa ante el Atlético de Madrid.

¿Cómo se define?

He sido un jugador de equipo. Entregado. Empecé de medio volante, de medio de ataque, y poco a poco retrasé la posición. Me convertí en defensa libre o medio defensivo, y siempre he tenido claro mi cometido. Si ganábamos no debía perder mi posición ni permitirme alegrías ni aventuras. Un defensa está para defender. Pero si el partido iba mal, si empatábamos o perdíamos, salía de mi zona, con toda la fuerza posible hacia el marco rival. He marcado unos cuantos goles. Creo que en mi carrera, de 1963 a 1977, lo di todo. Sentía el equipo.

¿Le dolió irse?

Sinceramente, no me habría importado jugar en Segunda División con el equipo que entrenó Arsenio Iglesias y que subió en abril de 1978, pero la directiva prefirió que me fuese. Me sentía con fuerza y ya había jugado en Segunda. No se dio esa circunstancia y no tengo queja alguna. El Zaragoza me haría después un partido de homenaje.

El 25 de febrero usted cumple 80 años. ¿Qué le ha dado el fútbol?

Todo. Popularidad, cariño, me ha permitido vivir una vida mucho mejor, una vida distinta. Yo era un trabajador y seguramente no estaría haciendo esta entrevista. El Real Zaragoza, el equipo de mi vida, en el que jugué catorce temporadas, me lo ha dado todo. Eso es la verdad. Soy lo que soy por el fútbol y el Real Zaragoza. Creo que el Real Zaragoza es muy importante en la vida de la ciudad, como a otro nivel lo es la Virgen del Pilar. Son dos símbolos para mí. Y deseo verlo pronto en Primera División, que es donde tiene que estar.

¿Sigue siendo importante para la gente el club a pesar de estar en Segunda División?

Es muy importante porque hay mucha gente que conoce la historia del Real Zaragoza y sabe lo que ha sido en España. Y eso no se olvida.

(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el domingo 14 de febrero.

(*) La primera foto es de Guillermo Mestre, en el Paseo Sagasta. En la segunda aparece junto a Xavi Aguado y fue tomada por Carlos Moncín.

1 comentario en “José Luis Violeta: “Con el Real Zaragoza he vivido un auténtico cuento de hadas””

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