OPINIÓN, PERFILES

El método Baraja y un verso libre

Jorge Rodríguez Gascón.

Rubén Baraja fue un gran futbolista. Lideró al último Valencia campeón y formó con David Albelda uno de esos mediocampos que parecen encajar como los amores de toda la vida. En el banquillo de aquel equipo estaba Rafa Benítez, un técnico que construyó su estilo en torno a la solidez defensiva. Aquel Valencia tenía un punto antipático, pero era un equipo ganador. Cañizares guardaba la portería, Ayala cerraba la persiana, Albelda dominaba el partido en la recuperación y Baraja pisaba el área como si fuera un mediocampista de corte inglés. En las alas, brillaban dos jugadores como Vicente y Ángulo; el primero representaba el regate y el segundo el oportunismo. Quizá ningún futbolista de aquellos años marcó tanto a una generación como Rubén Baraja, capaz de liderar a España en el Mundial de Corea. Y probablemente ningún técnico haya marcado tanto a Baraja como Rafa Benítez, seducido también por la España maldita de Camacho.

En aquella selección y en aquel Valencia, predominaba el juego físico, el rigor táctico y el cuidado de los detalles: la furia por encima de la técnica.  Camacho y Benítez se permitían dos pequeñas licencias y dos grandes excepciones. En la selección, Juan Carlos Valerón era capaz de detener el tiempo, de pausar un juego en movimiento. El de Arguineguín giraba sobre sí mismo, caminaba por el desfiladero y dibujaba un pase definitivo. En Mestalla, Pablo Aimar flotaba con la naturalidad de los que se saben distintos al resto. El Valencia ganaba gracias a Baraja y Albelda, pero sus partidos merecían la pena por Pablo Aimar. Valerón era, por su parte, el futbolista al que más admiraron los integrantes de la generación posterior, los mismos que llevaron a España a la cima del mundo.

Muchos años después, Baraja ocupa el banquillo de La Romareda en un escenario totalmente distinto. El Zaragoza vive un periodo de reconstrucción que parece interminable. En esta ocasión, Lalo Arantegui ha tenido que proyectar el equipo sobre la marcha, en un mercado anómalo, marcado por la pandemia. Llegaron 10 fichajes y, aún así, la afición sigue pensando más en los que se fueron que en los que acaban de llegar. Baraja proclama el 4-4-2 como si fuera un descubrimiento y los partidos del equipo se mueven entre el aburrimiento y la agonía. Preocupa especialmente la distorsión de la realidad del técnico, que justificó el juego del Zaragoza en la derrota ante el Leganés. Baraja vio una igualdad en el encuentro que, simplemente, no hubo en el césped de Butarque.

La idea de Baraja no admite demasiados matices. Quiere que su Zaragoza sea un bloque, que posea un sentido colectivo especial y que tenga “continuidad” en la repetición de esfuerzos. Un equipo que compita y que siempre esté vivo en los partidos. En las cinco fechas el Zaragoza cuenta con 7 puntos, muchos más de los que ha merecido sobre el césped. Entre otras cosas, porque aún no sabe bien a lo que juega y le falta imaginación en tres cuartos de campo. Para mejorar los registros y las sensaciones, es probable que el técnico tenga que recordar que en sus mejores años como futbolista siempre le acompañó un jugador especial. En la plantilla diseñada por Lalo hay, salvando unas inmensas distancias, algunos jugadores que responden a ese perfil. Bermejo posee algo diferente, Zanimacchia disfruta del regate y desde la dirección deportiva creen en la reinserción de Papu.

En la previa del sexto partido, Baraja sigue en busca de una excepción, del verso libre que mejore su plan.   

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