CRÓNICAS

Derrota ante el Leganés (1-0). El Zaragoza, por ahora, nada de nada

Jorge Rodríguez Gascón.

El Real Zaragoza volvió a perder, esta vez ante el Leganés (1-0) y lo cierto es que lo mereció desde el inicio. En un partido en el que empezó regalándolo todo, acabó vencido por un golazo de postal de José Arnaiz. En Butarque, el equipo de Baraja dejó escapar muchos minutos y volvió a despreciar el cuero, lo miró de reojo, como quien ve venir a un enemigo. Encomendó toda su suerte a un Cristian Álvarez que realizó varios milagros sobre el césped, pero que no pudo hacer nada ante una volea vistosa, definitiva, de Arnaiz. Fue la sentencia de un Zaragoza que desprende el aroma de los equipos hundidos, vencidos desde el calentamiento. Como el fútbol tiene un ritmo cíclico, cunde la sospecha de que Baraja no acabará la temporada. En ese supuesto, el club volverá a activar el carrusel de nombres, hasta encontrar uno que no considere al Zaragoza una causa perdida.

El desarrollo del encuentro venía marcado por las declaraciones de los dos técnicos, capaces de anticipar, sin saberlo, lo que iba a pasar en Butarque. Martí dijo que los suyos “buscarían la victoria”. La respuesta de Baraja era que el Zaragoza “pelearía por el partido”. Dos ejemplos pragmáticos de lo que saben ambos técnicos de sus equipos: el Leganés está para ganar y ser protagonista; el Zaragoza, como mucho, para combatir en el alambre. Poco tardaría el partido en responder al guión establecido. En media hora, el Leganés contó tres ocasiones en las que los delanteros se intercambiaron los papeles para toparse siempre con Cristian. Ni Arnáiz ni Borja Bastón ni Michael Santos aceptaron los regalos de la defensa zaragocista. En el último, en el preludio del descanso, Jair Amador mostró que necesita dos pretemporadas más para ser el futbolista que era en Huesca. Mientras tanto, el partido del Zaragoza era un catálogo de impotencia, una insoportable agonía. Un sufrimiento que refleja muy bien la siesta perpetua de Eguaras, el reincidente resbalón de Nieto, la lucha perdida de Narváez o la indiferencia de Vuckic.

A menudo se espera una reacción de un equipo ante un primer tiempo tan pobre. Lo que sucedió en la reanudación corroboró todo lo contrario. Lo que ya iba mal, pudo ir peor. El Leganés metió una marcha más y forzó a que Cristian Álvarez mostrara todos sus reflejos en tres acciones distintas. En muchos Zaragozas distintos, el punto en común suele ser que Cristian se viste siempre de salvador. El regreso del portero argentino podría interpretarse como una buena noticia, pero muestra también las debilidades del resto del grupo.  El partido se abrió entonces y se prestó a un intercambio, pero los golpes del Zaragoza no fueron más que caricias para el Leganés. El equipo de Martí esperaba su turno desde la estrategia, que llegó en forma de genialidad. El Zaragoza cerró el área y descuidó lo que pasaba fuera, en una acción similar al primer gol de Las Palmas en La Romareda. El centro de Ghaku Shibasaki lo recogió Arnaiz en la frontal, que tuvo tiempo para esperar el bote ideal y colocar un misil en la escuadra (1-0). La ejecución fue tan perfecta que no admite respuesta del portero, pero sí de una defensa que le dio a un buen jugador la oportunidad de marcar el gol de su vida.

De nuevo, el Zaragoza se situaba por detrás en el marcador y, de nuevo, no mostró signos de respuesta. Baraja movió el banquillo pero ni Larrazábal desbordó, ni Ros dirigió el juego ni Gabriel Fernández remató. Entre otras cosas, porque propone un juego sin ritmo y sin sustancia. Lo que restó de partido fue, en el mejor de los casos, un quiero y no puedo.

El futuro de este Zaragoza es tan incierto como su forma de jugar al fútbol. Acepta un odioso intercambio en la nada más absoluta, quizá eficaz ante equipos que nada quieren proponer, insuficiente ante candidatos como el Leganés. De momento, puede dar las gracias más por los puntos que tiene que por los que se han quedado en el camino. Aún así, el plan de Baraja no se sostiene sin resultados y, desde muy pronto, le han empezado a dar la espalda. La suerte del técnico y de todo el Zaragoza es que queda una liga infinita, una carrera de fondo en la que se intercalan segundas y terceras oportunidades. Pero, de entrada, para el próximo domingo se necesitará algo más que plantar batalla o pasar por ahí.

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