CRÓNICAS

Un triunfo con alma

El Real Zaragoza consiguió 71 días después una victoria sobre el césped de La Romareda. Fue ante el Fuenlabrada, en un duelo que tuvo aspecto de final anticipada. Se llegó al estadio con el recibimiento de muchos fieles y con la manifestación posterior de los que no toleran la muerte del Zaragoza. Conscientes del ruido y de la necesidad, los jugadores se aplicaron con tensión y lograron un triunfo reparador. El aire en el fútbol se obtiene con victorias y el Zaragoza pudo respirar en el centro de un incendio.

Los caminos del fútbol son inexplicables. El Real Zaragoza sentaba en su banquillo a un entrenador destituido. Iván Martínez pidió su cese, incapaz de encontrar respuestas en la desgracia de Castalia. El Zaragoza necesitaba una pequeña locura y una gran victoria. Y la encontró ante el Fuenlabrada, con un gol de tacón de Narváez en un partido dramático. Iván Martínez, pocos días después de firmar su rendición, contó su primer triunfo como técnico del primer equipo.  Iván Azón y Francho Serrano fueron los rostros de un triunfo en la cornisa. Azón se colgó del aire y no reguló esfuerzos en su partido, feliz en el cuerpo a cuerpo, graduado en el choque ante Juanma y Sotillos. Pero si Narváez fue el ejecutor de la victoria y Azón el saco de todos los golpes, nadie planeó el triunfo como Francho Serrano. El canterano apareció, con su aspecto de futbolista de otro tiempo, para gobernar el partido entre las sombras.

El Real Zaragoza se jugaba la vida y el honor ante el Fuenlabrada. Esta vez sí se notó. El equipo mostró la agresividad que le faltó en las citas anteriores. Mejor en el juego y con el punto de tensión que exigen las últimas oportunidades. Colaboró el Fuenlabrada, feliz en el duelo particular, cómodo en una guerra de guerrillas.

Los primeros minutos estuvieron llenos de ritmo y el cambio de actitud se mostró desde el arranque. El Zaragoza probó en botas de Narváez, con un disparo alto, en una jugada de estrategia que culminó Guitián y en un cabezazo picado de Azón. Todo lo detuvo el Fuenla, que encontró en Pol su mejor resistencia. El equipo de Sandoval amenazó con la llegada de Nteka, la carrera de Kante y el disparo de Salvador. Antes del ecuador, llegó la mejor ocasión del Zaragoza en la primera parte. Bermejo giró sobre sí mismo, culebreó y disparó al palo.

El disparo de Bermejo cambió el partido y el duelo se volvió más áspero, presidido por el choque frontal de dos equipos que no estaban para regalar las disputas. Azón representó entonces el carácter bélico del partido, hasta toparse con Pol en un mano a mano tras la reanudación.

Si el partido estaba entre tinieblas, Francho Serrano eligió ser el centinela. Tuvo el mapa del partido siempre en la cabeza. Encontró metros para dirigir el carril central y siempre que actuó fue para mejorar la jugada. Giró sobre sí mismo, mostró personalidad y pensó un segundo antes que el resto.

En el minuto 59, el Zaragoza logró el premio que tanto necesitaba. Lo marcó Narváez, el único camino demostrado hacia el gol en esta temporada. Bermejo intuyó la llegada de Chavarría y Pol el disparo del zurdo del Zaragoza. Allí apareció el colombiano, para marcar con un remate de otro partido. Narváez se clavó y sacó un golpe tenso y elevado de su tacón, un prodigio isquiotibial, para que el balón acabara en las redes del Fuenlabrada.  

El gol le dio al Zaragoza un punto de confianza y convirtió el duelo en una absoluta locura. El equipo de Iván Martínez se abrió, en busca de la contra ganadora, y el Fuenlabrada creyó en el empate a través del centro lateral. Serrano seguía siendo el autor intelectual de la victoria, mientras Azón chocaba ante la sombra de Pol. Tuvo la oportunidad más clara en el 64, después de que Bermejo se encontrara con el portero y Azón no acertara en el rechace.

Falló el Zaragoza en la sentencia, también en botas de Chavarría, y resistió en los últimos minutos. Cerca de su larguero, toda Zaragoza tembló en el tramo final. Esta vez el fútbol no reservaba un final cruel para el equipo de Martínez, que se agrupó en su terreno, desfondado, en torno a un ejercicio colectivo basado en la supervivencia. El guiño final llegó en una acción de Jair, que hasta el momento coleccionaba errores en los momentos definitivos. Tras un fallo de Cristian en la salida, el central evitó el gol sobre la línea y permitió que los puntos se quedaran en casa. Al pitido final le siguió un abrazo feliz y simbólico de los zaragozanos, abrumados por las 6 derrotas consecutivas.

El cambio de imagen y la victoria alivian hasta el miércoles a un club sumido en un conflicto sin precedentes. Fue tras un triunfo agónico, en el que los últimos cinco minutos parecieron un mes o toda una vida. Curiosamente, Iván Martínez decidió que a la espera de su relevo, debía morir con los suyos. Los canteranos fueron el alma de un equipo que tuvo que aprender a ganar de nuevo.    

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