CRÓNICAS

Zaragoza llora por el fútbol

El Real Zaragoza volvió a perder y casi no importa cuando leas esto. El equipo de Iván Martínez dejó escapar una nueva ventaja, como ha sucedido en sus tres partidos en el banquillo. Enfrente estuvo un Rayo que pasó de dudar a triunfar en La Romareda. El Zaragoza se adelantó con un gol accidental de James Igbekeme. Después se colgó de Jair y del marcador y acabó vencido, de nuevo, en dos centros laterales. Antoñín puso el empate y Pozo el gol definitivo, en un partido que ganó Álvaro García desde el carril.

El equipo aragonés lucha contra un imposible: frágil de moral, derrotado también cuando los milagros corren de su cuenta, vencido un día sí y otro también, ante el rival y ante su espejo. Su cara de derrota es su única mueca posible, triste también en un día triste para este juego. El Rayo ganó un encuentro que creía perdido, el Zaragoza perdió un partido que nunca creyó que iba a vencer. Ni siquiera importó que todos los astros se alinearan a su favor en el primer tiempo. Igbekeme preparó el disparo y Dimitrevski creyó blocar un balón que se escapó para dentro. El gol es una ventaja imprescindible en este juego, un tributo que hay que saber apreciar. El Zaragoza lo perdió en el segundo tiempo, como en las dos veces anteriores. El premio lo encontró el Rayo Vallecano, cuando intuyó que había un filón en el costado izquierdo.

Los cambios mejoraron al visitante, del mismo modo que los relevos propios acabaron por desnudar al Zaragoza. Antes, había perdido la oportunidad de ampliar la ventaja, en una mezcla de indecisión y de cobardía. No acertó Zanimacchia en su globo y la respuesta fue inminente. Los goles del Rayo Vallecano llegaron de lado a lado, a través de uno de esos artes secretos que dominan este juego: el centro medido. En el primero, Antoñín embocó un rechace de Cristian. En el segundo, Pozo culminó con su magia un servicio perfecto de Álvaro García. Al extremo utrerano le sienta bien el papel de verdugo ante el Zaragoza. Vestido de lateral, hizo suya la banda de La Romareda.

Los síntomas de mejora en este tramo se han revelado insustanciales. De nada sirve ocupar mejor el terreno o mostrar mejores intenciones en los partidos si no se atiende al juez impenitente de este juego: el resultado. Las derrotas acaba con el crédito de cualquier entrenador y convierten la fama en una carta de presentación frágil. La mezcla de Francho Serrano y James Igbekeme es prometedora, pero al equipo le sigue faltando juego, hambre y un punto de confianza que permite ganar partidos. Los delanteros siguen siendo islas de difícil acceso, no importa si forman Vuckic, Narváez o el Toro Fernández. Eguaras parece más desenganchado que nunca. Y la defensa, más seria durante muchos minutos, se cayó de nuevo en el momento de la verdad. En los minutos decisivos, vio pasar los centros del Rayo como quien mira un parabrisas.

No se sabe si la plantilla desluce al entrenador o si el entrenador no encuentra a su plantilla, pero en esa duda se puede perder un club histórico, que teme cada día por su futuro. El sufrimiento está justificado: pelea por seguir siendo el Zaragoza y, de momento, pierde por goleada. Mientras tanto, se espera un milagro a contrarreloj, cuando el equipo aragonés malgasta tiempo en cada jornada y puede prolongar su agonía, al menos, durante el invierno. Con un gol a favor y en ese contexto, el Zaragoza acabó regalando un nuevo partido, presa de un pánico infinito, víctima de mil miedos. Y de la misma maldición de siempre.

En una jornada trágica para este deporte, también Zaragoza llora por el fútbol.

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