CRÓNICAS

La vida sigue igual

Jorge Rodríguez Gascón.

El Real Zaragoza perdió ante el Oviedo en La Romareda (1-2), encadena ocho partidos sin victoria y podría cerrar la jornada en puestos de descenso. El estreno de Iván Martínez acabó empañado por el equipo que dirige uno de sus maestros. Los de Cuco Ziganda dominaron los tiempos y las áreas y se han entonado con el paso de los partidos. El partido fue un juego de contrastes: el Oviedo vive su momento más feliz de la temporada; el Zaragoza es un manojo de nervios, un quiero y no puedo permanente. Ni siquiera supo sacarle rentabilidad a un gol en propia puerta y lamentó antes del descanso un empate en el que Álvaro Ratón debería apuntarse medio tanto.

El Real Zaragoza jugaba ante el Oviedo contra alguno de sus maleficios. Quería demostrar que a la octava va la vencida, un guiño al partido y a la temporada. El resultado final demuestra que sufrió en el encuentro lo mismo que sufrirá en la competición. La llegada de Iván Martínez mejoró algunos detalles, pero fueron demasiado ligeros como para ilusionarse de nuevo. El equipo mostró mayor movilidad, ocupó mejor los espacios y enseñó un entusiasmo desconocido hasta la fecha. Aún así, de poco sirve progresar en la forma si no se plasma en el fondo.

El primer error del técnico fue situar a la vieja guardia en el medio del campo.  Eguaras, Zapater y Ros amasaron la jugada sin encontrar a Bermejo, al que se le supone el cambio de ritmo definitivo. El Zaragoza controlaba el balón, pero no el partido. El Oviedo, mientras tanto, vestía de avispa en La Romareda y se sintió cómodo con la piel del huésped en casa del vecino. En el inicio, las acciones más peligrosas fueron siempre suyas. Curiosamente, en ese punto llegó la ventaja del Zaragoza, en una acción confusa y en un momento inesperado. Nació de un centro de su capitán, que se ha destapado en los últimos años como un digno especialista a balón parado. Alberto Zapater parece herido en mil batallas, pero sigue ofreciendo un poco más de lo que tiene. Mediada la primera mitad, lanzó una falta al lugar en el que los porteros dudan y los defensas tiemblan. Allí, Guitián amagó con el remate y Bolaño puso la cara en dirección a su portería (1-0).

El gol le sentó bien al Zaragoza, que arrastra cicatrices de hace tiempo. Frágil de moral, necesita encadenar secuencias de pases, pequeñas victorias en cada duelo para respirar. La ventaja les liberó de sus corsés y de algunas dudas, pero no les hizo estar alerta. Y eso que llegaron dos avisos antes del empate. En el primero, Ratón protagonizó una acción suicida. En la segunda, Blanco Leschuk no alcanzó por un dedo un centro envenenado de Borja Sánchez. No hubo lugar para una tercera advertencia. En la última jugada del primer tiempo, Tejera lanzó un córner que cambió el curso del partido. No se pudo salir peor de lo que salió Ratón a por el despeje y Borja Sánchez empató el partido en su remate, otra vez en el último suspiro (1-1). Un viejo error que se repite sin importar los sistemas, los entrenadores o los intérpretes. En ese punto, y todo el mundo lo sabía, el Zaragoza había empezado a perder el partido.

La reanudación mostró que el equipo de Iván Martínez seguía pensando en la acción que precedió al descanso. El Oviedo, feliz y despierto, alargó su combinación hasta que Tejera hizo suyo el carril de Tejero, frente a la mirada de un Eguaras que está solo para eso, para seguir con la mirada. Tejera ejecutó su segunda asistencia del partido, Blanco Leschuk le ganó el duelo a Guitián por dos cabezas y remató en un escorzo sencillo, poco vistoso, pero tremendamente eficaz (1-2). El gol dejó al equipo aragonés en la lona; jugaba a la desesperada, mientras el Oviedo disfrutaba a la carrera. Los medios, Edgar y Tejera, se descolgaban, aparecían sin ser detectados; el Zaragoza tiritaba en defensa y los interiores no podían cubrir el ida y vuelta. En los minutos que siguieron el tanto de Leschuk, el Oviedo pudo ampliar la distancia en botas de Edgar y de Borja Sánchez.

El Zaragoza encontró aliento en el perdón de los asturianos. Iván Martínez corrigió desde el banquillo y la entrada de Francho Serrano y James Igbekeme le dio a su equipo dinamismo y posibilidades en campo contrario. Zanimacchia apareció por el costado derecho, integrado por Francho en el juego. Allí aprovechó para templar su centro, pero eligió siempre mal en las acciones más trascendentales. Bermejo encontró soluciones en el laberinto y el Zaragoza creyó en el empate. Pese a todo, el balance de sus mejores minutos en el partido se pueden resumir con tres tristes disparos de Francho, Bermejo y Narváez.

El cierre del partido se adelantó de nuevo y la expulsión de Francés le restó posibilidades al equipo de Martínez en el último tramo. El resultado del encuentro deja al Zaragoza en un estado de depresión que se acentúa con el paso de las jornadas. Se ha acostumbrado a poner cara de derrota. Ni siquiera el estreno de Iván Martínez pudo calmar los incendios que afectan al club desde hace tiempo. Tampoco sirvió para alegrar el gesto de una afición que contempla los partidos como quien ve venir mil desgracias.

Duele decirlo, pero un partido más tarde, la vida sigue igual. O peor.   

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