CRÓNICAS, OPINIÓN

El miedo y un empate a nada

El Zaragoza inició la temporada 40 días después de la derrota en los playoff. El equipo de Rubén Baraja transmite todavía un aire experimental, precisamente en un tiempo en el que ya no hay lugar para los experimentos. El club prepara su enésimo proceso de reconstrucción desde los despachos y flojea de nuevo en el césped, lo que significa que falla en los dos sitios. Ante Las Palmas empató un partido en el que todo estuvo a favor. Marcó dos goles feos y el equipo canario respondió con dos tantos bonitos. Lo que pasó antes solo deja una peligrosa sensación de incertidumbre. De entrada, cuesta recordar un Zaragoza con menos argumentos en estos años en Segunda División.

El equipo de Baraja aún no sabe a lo que juega. Quiso reforzar la media, poblar el centro del campo con una línea de cuatro pero no guardó el balón cuando era necesario. En el primer partido del curso no supo gestionar la superioridad numérica ni la ventaja en el marcador. Se encontró primero con un gol en propia puerta de Clau Mendes. El empate llegó poco después, tras un lanzamiento largo de Álvaro Lemos, con un bote que confundió a Cristian Álvarez. Solo progresó el Zaragoza en el partido a través de la carrera de Pep Chavarría. El zurdo, recién llegado del Olot, encarna una idea novedosa en los últimos años: la de abrir el campo y pisar la línea de cal, la de ganar el lugar del centro y asistir a Narváez o Vučkić. De Narváez se espera que sea el remplazo emocional de Luis Suárez. Poseen algunas similitudes y muchas diferencias. Narváez es otro guerrero: un tipo que no descansa, que agita los partidos y que exprime cada duelo directo. Las diferencias llegan en los últimos metros, donde el colombiano de esta temporada no posee el colmillo del de Santa Marta. Tampoco supo amenazar Vučkić la puerta de Vallés ni tuvo presencia en el juego colectivo.

Sin ritmo ni capacidad para enlazar jugadas, con una media que circula siempre por el carril más lento, el Zaragoza buscó un detalle para ganar el partido. Lo encontró en un despeje fallido de Las Palmas, que aprovechó Javi Ros para batir a Vallés desde la distancia. El punto más álgido del Zaragoza llegó entonces, con los mejores arrebatos de Narváez, que forzó la expulsión de Lemos, y la insistencia de Chavarría. Duró poco, cuando el equipo de Baraja cedió metros, refugiado en su área, en busca de que los minutos pasaran sin noticias. Esa era, como todo el mundo sabe, una invitación para que pasaran cosas. La peor llegó en un lanzamiento plástico de Edu Espiau, que se fue abriendo hasta la escuadra de Cristian Álvarez.

El empate final indica que el Zaragoza está lejos de definirse: ahora mismo no sabe a qué puede ser candidato. Al acabar el partido, un hombre vestido con la camiseta de su club acude a comprar zapatillas. Se encuentra con un vendedor demasiado pesado, que le pregunta por sus sensaciones. Su respuesta es tajante, como si prefiriera hablar de otra cosa: “Este año sufriremos más que nunca, tengo miedo. Nos entregamos a Eguaras en la media, que está para jugar en una liga laboral. Llevo 40 años de socio y nunca he tenido menos ilusión que ahora. Hemos fichado calderilla y somos un equipo vulgar.”

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